CUENTO DE COCINA

Esa mañana , en la cocina de la panadería Rhenania, todo ocurría de acuerdo a los trajines cotidianos. Muy temprano, la leche se perfumaba con vainilla y las claras de huevo se esponjaban de orgullo al verse tan blancas sobre una torta de merengue, mientras las yemas se extendían callada y cremosamente sobre un kuchen de murtas. Sobre el aparador, las galletas se ordenaban en cajas cual disciplinados soldados, listas para presentarse cuando fuese necesario. En la repisa, las frutillas silvestres parecían rubíes atrapados en frascos de vidrio, siempre a la espera de acompañar a un bizcocho de chocolate. - ¡Me encantan los días de fiesta! - proclamaba la torta de amapola - siempre soy la reina de la mesa. - Acuérdate de Navidad querida - le contestó una galleta de miel - entonces somos nosotras las más solicitadas.- No entraremos en discusiones domésticas - opinaron los berlines, que no solían alternar demasiado con los vecinos. - Si me permiten - dijo un huevo azul recién llegado esa mañana desde el gallinero - no quisiera parecer vanidoso, pero ¿han pensado qué sería de ustedes sin mi existencia? Así, cuando cada cual presumía de lo suyo, el azúcar, que encerrada en una simple bolsa de papel ocultaba su real importancia ante los demás, se atrevió a decir: - ¿Han preguntado ustedes su opinión a la bolsa de harina? Entonces, desde una esquina de la mesa, en la que nadie había reparado, se levantó un soplo de harina tan blanca como polvo de luna nueva que dijo: - No me atrevía a intervenir en esta discusión, ya conocen ustedes mi origen campesino, no acostumbro presentarme con adornos de caramelo o vestidos de confituras, pero puedo transformarme en lo que cada hogar necesite, la mayoría de la veces junto a mi amiga Azucar, las dos nacimos en la tierra y sabemos que la existencia de cada una se debe a tantas manos, así como a tantos días de soles y lluvias. Sólo se escuchó el ruido de la tetera sobre la estufa, y esa tarde, cuando en el Salón de Té Rhenania se disfrutaba de una once familiar, en la cocina flotaba una dulce fragancia a pan recién horneado, mientras el más tibio rayo de sol otoñal caía suavemente sobre la bolsa de harina.

Bernardita Hurtado Low.
Con mucho cariño para Hedy Roedenbeek y familia